Arteche: Medio siglo
Martes, Febrero 3rd, 2009Por Enrique Espinoza
Héctor Martínez Arteche es una figura imprescindible de la plástica sonorense. Su presencia en la entidad es decisiva tanto en la tradición pictórica de la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días como en la formación de varias generaciones de artistas. Hoy nadie pone en duda que el ambiente cultural sería muy distinto sin la presencia del maestro Arteche, quien ha contribuido significativamente a configurar la identidad de las artes plásticas en la región.
Llega a Hermosillo en 1961 como director de la naciente Academia de Artes Plásticas de la Universidad de Sonora, y se arraiga de manera definitiva en estas áridas tierras del noroeste de México. Lo cautiva, según sus propias palabras “La transparencia de sus paisajes y su extraordinaria luminosidad”.
Egresado de la vieja Academia de San Carlos en 1952 (Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM) y con solo 27 años de edad llega a Sonora con una formación muy sólida y la influencia de la llamada Escuela Mexicana de Pintura. Antes de establecerse en Sonora realiza una serie de viajes a distintos puntos de la provincia, recorriendo, muchas veces en largas caminatas, los caminos rurales del sureste mexicano. En estos viajes, que se vuelven frecuentes, se detiene por días en pequeñas poblaciones con la idea de estudiar los paisajes y los diferentes tipos humanos que lo habitan. Realiza cientos de apuntes que muchas veces termina regalando a la gente del lugar. Eventualmente participa al lado de su compañero Héctor Cruz en proyectos murales (Taxco, Guerrero) y participa en la creación de los institutos regionales de bellas artes en Tula, Hidalgo y Mazatlán, Sinaloa.
Es en Sonora donde Arteche encuentra la oportunidad para realizar su trabajo creativo de manera permanente en las diferentes disciplinas de las artes plásticas: como muralista, como pintor de caballete y escultor y, sobre todo, como grabador, una de las facetas más ricas y quizás menos conocida de su rica producción artística.
Formación profesional. Parte fundamental de su formación como artista y como ser humano son los viajes que realiza al interior del país en donde entra en contacto con los paisajes de nuestra geografía física y humana, y se encuentra cara a cara con la imagen del pueblo mexicano en su diversidad de costumbres y entornos físicos, temáticas que abordará a lo largo de su carrera profesional. Arteche lo confiesa “Mi gran maestro es el paisaje y la figura humana, éstos me han dado las lecciones más importantes en el manejo de la forma y el color; es a través de la observación que se logra descubrir la estructura y el alma de las cosas” Sin embargo, es el ambiente de la época y su relación con artistas mexicanos de la Escuela Mexicana de Pintura quienes ejercen una influencia decisiva en su producción artística, particularmente en su obra temprana.
Él mismo recuerda que, siendo estudiante de San Carlos, uno de los maestros que dejó profunda huella en su persona y de quien aprendió el amor por “el oficio” fue el gran grabador mexicano Carlos Alvarado Lang, quien le daba la clase de grabado. Al reconocer el talento del joven Arteche, Alvarado Lang lo invita a trabajar en su propio taller. Así inicia una fecunda colaboración con el maestro, imprimiendo sus placas y sosteniendo largas conversaciones sobre los secretos del oficio, casi siempre después de clases por las noches. En esta relación de trabajo se contagia de la actitud del maestro, el gusto por la música clásica y, sobre todo, el nivel de compromiso y la pasión con la que asumía su trabajo creativo.
La habilidad adquirida en las clases de grabado y la experiencia de trabajar con uno de los grabadores más importantes de ese momento hicieron posible que se ganara una beca para realizar estudios de grabado al buril en los talleres de Moneda de la Secretaria de Hacienda y Crédito Público. Posteriormente también logra una beca para realizar estudios de pintura mural en el Taller de Integración Plástica del Instituto Nacional de Bellas Artes.
En la década de los cincuenta del siglo XX, al mismo tiempo que realizaba prácticas de pintura mural como ayudante del muralista Juan O’Gorman, también desarrolla una intensa labor de apoyo a organizaciones sindicales y movimientos populares al lado de sus compañeros de estudios Héctor Cruz y Javier Iñiguez, quienes imprimían una gran cantidad de grabados en papel china que luego pegaban con engrudo en los muros de la ciudad para denunciar las injusticias sociales.
Llegó a conocer personalmente a los tres grandes de la pintura mural, a quienes admiraba y reconocía su influencia tanto en la concepción de la obra creativa como en la función social del arte. A Diego Rivera y a Siqueiros los veía seguido en reuniones de carácter político y en algunas fiestas; el más difícil de abordar siempre fue Orozco, quien tenía muy poca vida social. Aunque se lo encontró algunas veces en la calle, siempre tuvo temor a abordarlo por su carácter hosco y poco amigable.
Arteche se relacionó con los miembros del Taller de Gráfica Popular, en el que militaban varios de los muralistas y grabadores más importantes de aquellos años (Leopoldo Méndez, José Chávez Morado, Alfredo Zalce y Raúl Anguiano, entre otros), y llegó a tener una buena amistad con García Bustos, integrante de dicho organismo. Sin embargo, nunca se integró a esa organización porque le gustaba trabajar de manera independiente. Por esta misma razón rechaza el trabajo que le ofrecen en la Casa de Moneda para diseñar estampillas y billetes: según el mismo lo platica, era un trabajo agobiante y bajo vigilancia, cuando lo que quería era trabajar en completa libertad.
Ya establecido en Sonora, muy lejos de la vibrante e intensa vida cultural de la capital, era común verlo caminar por el campo sonorense buscando los paisajes que lo habían cautivado. También se le encontraba en los salones o talleres de la universidad ensimismado con el pincel sobre el lienzo o los buriles, delineando formas y figuras sobre la placa de metal, o reunido con sus discípulos en amena conversación en torno al arte y los artistas.
Su vocación como docente ha estado presente a todo lo largo de su trayectoria profesional, y desde que llegó a Sonora no ha dejado de compartir sus conocimientos y experiencias tanto en el aula como en el taller. Arteche es pionero en la enseñanza de las artes plásticas en la entidad, continuando la obra de Higinio Blat, quien funda la Academia de Artes Plásticas en 1951. Es el maestro Arteche quien organiza los programas de estudio y crea los primeros talleres, entre los que figura el taller de grabado, y es el primero que enseña las diferentes técnicas de grabado en la Universidad de Sonora, en donde se forman los primeros grabadores sonorenses como Manuel Romo, Mario Moreno y Gustavo Ozuna, entre otros. Entre 1962 y 1963 se realizan las primeras exposiciones de grabado en la galería universitaria, producto de sus enseñanzas.
Arteche, maestro del grabado. Al maestro Arteche le gusta destacar su obra como muralista, y mediante analogías con la música nos dice que “un mural es como una sinfonía, por todos los elementos que intervienen, mientras que un cuadro de caballete, un dibujo o un grabado son como los acordes de una pieza musical o una canción” La verdad es que ha desarrollado todas las disciplinas de las artes plásticas con excelentes resultados, tanto en la escultura como en la pintura o en las diferentes técnicas del grabado. Los mismos resultados de fuerza y profundidad logra con un simple lápiz que con un pincel o con un buril, en pequeño o en gran formato. No importa el material o la herramienta, lo que importa es que estamos frente a un artista con la capacidad para expresarse a través de cualquier medio de las artes plásticas.
No es casual que, siendo un excelente dibujante, haya elegido el grabado como una de sus principales formas de expresión, con un dominio de la técnica que sólo es posible después de años de esmero y dedicación. En su obra no hay correcciones ni artificios, su gran conocimiento del dibujo y la precisión del trazo le permiten situarse al nivel de los grandes maestros de la gráfica mexicana.
Sobresalen en el conjunto de su obra los trabajos realizados en la técnica de buril y de linóleo. Son dos técnicas en las que se trabaja directamente sobre la placa sin más recursos que la herramienta que hiere la superficie, y que va creando una serie de efectos que permiten construir la imagen de manera sorprendente, casi mágica. En la obra de Arteche llama la atención no sólo la calidad de las líneas, los efectos de luces y sombras, sino la fuerza y la intensidad de sus imágenes casi siempre en movimiento y, sobre todo, la honestidad de sus temas.
Las técnicas de grabado las aprendió en “la época dorada del grabado” en México, con el maestro Alvarado Lang, y en su relación cercana con los integrantes del Taller de Gráfica Popular, quienes supieron combinar la calidad artística con la función didáctica y propagandística de sus obras. Su predilección por el buril es una influencia directa del maestro Alvarado Lang, y sus trabajos en linóleo sin duda alguna son una influencia de la mejor tradición del Taller de Gráfica Popular, en donde Leopoldo Méndez era el maestro indiscutible por los valores plásticos de su obra.
Pero el maestro no sólo ha sido un virtuoso en el campo de la técnica, también ha sabido apropiarse del grabado como un lenguaje, como una forma de expresión en donde la técnica finalmente es sólo un medio y no un fin en si mismo.
Cincuenta años de producción gráfica. Desde sus primeros años como estudiante de la Academia de San Carlos (1948-1952) da muestras, pese a su juventud, de una gran habilidad y talento, tanto en trabajos escolares como en sus primeros trabajos personales.
Destacan en esta época varias grabados en pequeño formato en las técnicas de buril y linóleo en los que se observa la pulcritud de la línea, la seguridad y, al mismo tiempo, la libertad de los trazos. Durantes estos años expresa en sus grabados inquietudes sociales y políticas, manifestándose a favor de las luchas populares; tal es el caso del grabado en linóleo titulado Protesta, de 1949, o el grabado al buril La voz de México, de 1954. Es una época de intensa actividad en la que produce muchos grabados destinados a ilustrar hojas volantes o a manera de carteles para ser distribuidos masivamente. Los personajes centrales de su obra son gente del pueblo que luchan por la justicia social o se manifiestan en contra de la guerra y el fascismo.
Entre 1954 y 1955 sus temas se matizan y adquieren interesantes visos poéticos. Aunque los protagonistas siguen siendo personajes del pueblo, los representa en situaciones de la vida cotidiana en estrecha relación con su entorno y sus actividades laborales. Así surgen imágenes al buril como Platanar, bellísimo grabado en donde se representa a una mujer y su hijo sentados en la puerta de su humilde choza de paja con el follaje de los platanares como fondo, en una actitud desenfadada en paciente espera de algo o de alguien. La misma magia trasmite su grabado al linóleo Río tonto, en el que la exhuberancia del paisaje envuelve y cobija a un grupo de mujeres que lavan ropa a orillas del río. Culminación de esta época es la serie de grabados al linóleo Sobre la pesca, que realizó durante su estancia en Mazatlán y en los que captó a los hombres del mar en diversas actitudes y actividades. La gubia en manos del maestro es como un pincel que distribuye y equilibra el negro de la tinta con los blancos del papel y que, finalmente, con base en incisiones sobre la placa, logra crear una composición dinámica que nos muestra a seres humanos reales en el vértigo de la existencia.
Entre 1961 y 1968 su trabajo gráfico se alterna con la pintura y las actividades docentes en la Universidad de Sonora. Produce piezas sueltas al buril, especialmente una serie de paisajes, algunos desnudos y retrata a personajes en actitudes nostálgicas. Algunos ejemplos son: Un niño, Una mujer y Una señora, la mayoría en pequeños formatos. La obra Tolvanera es un grabado en técnica mixta en la que representa a un grupo de personas, arremolinadas entre sí, protegiéndose de la fuerza amenazante del viento en medio del desierto. Es una obra que nos recuerda de sus grabados anteriores cómo el trazo de la gubia va creando atmósferas envolventes de gran dinamismo y fuerza, pero en este trabajo lo logra con líneas y zonas de grises en una excelente interacción.
Queda la impresión de que estas obras fueron la antesala de su primera serie importante en tierras sonorenses, la serie sobre reses Matanza ilícita. Éste conjunto lo trabaja con técnica mixta, combinando la línea del aguafuerte con los claroscuros de la aguatinta. El tema es el de la res en la agonía del sacrificio, reses en camino al matadero, cayendo, destazadas, sangrando. Arteche no sólo testimonia con imágenes un suceso cotidiano de las praderas del noroeste; quizás en las reses sacrificadas existen símbolos que apenas se asoman. Son imágenes dramáticas que sacrifican el detalle y ganan en fuerza expresiva.
Año crucial para el maestro Arteche es 1974. En esa época se enfrenta a una serie de dilemas estéticos y existenciales que dan como resultado una serie de grabados titulada A Neruda, de extraordinaria calidad plástica y en la que hace alarde de su gran dominio de la técnica del buril. Son tiempos en los que él mismo reconoce que “Sentía gran insatisfacción con lo que estaba haciendo”, tenía la impresión de que le estaba dando gusto a todo mundo, menos a sí mismo. Decide entonces renunciar a la Universidad de Sonora y viajar a Alemania, para después de varios meses en el viejo mundo establecerse en Arizona (Rancho Linda Vista, Tucson, Arizona). Él mismo narra que, después de largas caminatas por el desierto, empezaba a encontrar respuestas a muchas de sus interrogantes, en una vorágine de recuerdos de su infancia empieza a visualizar su obra futura. Después de ese encuentro consigo mismo empieza una intensa actividad, realiza cientos de bocetos que posteriormente lleva a placas de metal en el taller de grabado de su amigo Andrew Rush, y posteriormente en los talleres de la Universidad de Arizona como maestro visitante.
Los años 1974 y 1975 representan un quiebre en el proceso creativo del maestro Arteche. Cierra una larga etapa caracterizada por su apego total a la figuración y su preferencia por temas populares, aunque nunca se queda en lo anecdótico o descriptivo como algunos de sus contemporáneos del Taller de Gráfica Popular. Como lo señala el critico de arte R.M. Quinn de la Universidad de Arizona “Aquí sus colores se avivaron, surgió un nuevo optimismo y su sentido del espacio, casi interestelar, se cargo de luces chispeantes y complejas vibraciones…”. En esta serie de grabados que inicia con un autorretrato titulado Mí mismo y que continúa con la serie dedicada al poeta chileno Pablo Neruda, se observa un esfuerzo de introspección, un intento por mirarse desde adentro para poder conectarse con el mundo externo y captar la energía del universo. Durante este año de residencia en Arizona centra sus preocupaciones en la representación de la energía, la fuerza que pone en movimiento al universo y toma forma en la luz. La luz como elemento central que se materializa en líneas concéntricas que generan un movimiento envolvente.
La visión del maestro sufre entonces un cambio significativo y se proyecta en todos los trabajos realizados durante los años ochenta y noventa. Aunque hay un retorno a la figuración, muy frecuentemente integra elementos figurativos con elementos compositivos dinámicos con base en líneas concéntricas que envuelven e integran la figura. En el año de 1994 realiza Al natural, una serie de grabados con la técnica de punta seca y en la que el tema central es el desnudo femenino. En esta serie expresa su voluntad de retornar a lo esencial de las cosas, y con unos pocos trazos capta unos cuantos detalles de la figura humana y sugiere todo lo demás. En esta y otras series posteriores hay una especie de minimalismo gráfico, son obras sugestivas que admiten múltiples lecturas. Son como paisajes en los que el cuerpo humano es un simple pretexto.
Las temáticas abordadas por el maestro Arteche nos revelan su visión del mundo y de la vida, sus inquietudes y preocupaciones a lo largo de más de cinco décadas de trabajo creativo. A través de su producción gráfica podemos observar la compleja personalidad de un artista que enfrenta los retos, que lo mismo busca la objetividad como explora el mundo a través de la introversión. No sólo es el artista que ha educado su mirada observando el mundo externo, también sabe asomarse a su interior para poder expresar realidades sensibles y espirituales.

