Filosofía y Naturaleza, hacia una ética del medio ambiente
Domingo, Agosto 30th, 2009Por Teresa Padrón
El fin último de la vida es vivir de acuerdo a la Naturaleza
Zenón
Cuando hablamos de naturaleza, de inmediato sentimos una especie de arrobo, un deseo de contemplación de formas, colores, destellos de luz; un anhelo de escuchar sonidos de agua corriendo por un río, o de trinar de pájaros mientras nosotros, meros espectadores, contemplamos todo desde fuera, como si aquello fuese un ente extraño, algo que “está ahí” para nuestro deleite. Todos sabemos que debemos cuidarla, que hay que imitarla, que lo “natural” es bueno, que nos hace bien, que es bello y que es lo mejor para nosotros. Pero, ¿qué es la naturaleza? Según la definición más aceptada, es el “conjunto, orden y disposición de todo aquello que compone el universo”. Si nos atenemos a esta definición, encontramos que los hombres somos también parte de ese “conjunto, de ese orden, de esa disposición” y así, tal vez logremos abordar el concepto desde otra óptica.
El hombre siempre ha intentado imitar a la naturaleza y si lo ha hecho, es porque le concede un valor auténtico. Es decir, porque la considera como un paradigma, como un ejemplo a seguir en cuanto a que en ella se conjugan todas las virtudes que nosotros quisiéramos tener. Solemos decir que la naturaleza es “sabia”, que es “justa”, “bella”, “implacable”, “indómita” pero, ¿no son todos epítetos aplicables más bien a los seres humanos?
Desde el Génesis, Dios otorga al hombre “señorío” sobre las otras especies, tanto animales como vegetales ya que él fue creado a imagen y semejanza suyas. Es decir, el hombre es “superior” al resto de lo seres vivos del mundo animal y vegetal y, por ende, puede disponer de éstos como lo considere benéfico para él. Es esta idea la que ha permeado a la tradición occidental a través de los tiempos y en la cual se fundamenta cualquier justificación esgrimida lo mismo para sacrificar animales para consumo humano utilizando métodos crueles (véanse imágenes de los rastros o las granjas avícolas en Estados Unidos, por ejemplo) que para devastar enormes extensiones de bosques (como en Sumatra, hogar de los orangutanes) con el fin de plantar palma de aceite, fuente del biocombustible más utilizado en la actualidad.
Un poco después, en la Grecia clásica, Aristóteles definió al hombre como un “animal racional”, haciendo hincapié en que es justamente el uso de la razón lo que nos distingue del resto de los animales y atribuyéndole un “alma”. De hecho, la palabra animal viene de ánima=alma. La definición del Diccionario de la Real Academia Española dice: Animal: ser que siente, se mueve y actúa por impulso propio (las cursivas son mías). Los filósofos estoicos, insistían también en que lo que nos distingue del resto de los seres vivos es nuestra capacidad de razonar. Aquí el énfasis en la superioridad del hombre respecto del resto de los seres vivos descansa no en nuestra semejanza con Dios, como plantea la Biblia, sino en nuestra capacidad de raciocinio.
Siglos más tarde, en la Edad Media, San Agustín de Hipona y Santo Tomás de Aquino retoman la visión de los filósofos griegos en el sentido de que los únicos seres capaces de someter al resto de la creación somos los hombres, ya que Dios nos ha dotado de una inteligencia superior.
La ascética católica medieval, heredera de esta visión, proponía, emulando el pensamiento de los estoicos en cuanto a su ética hacia la naturaleza que, puesto que estamos aquí de “paso”, en tránsito hacia el verdadero paraíso, no debemos mostrar apego a las cosas de este mundo y, por tanto, surge una actitud de menosprecio hacia todo lo que nos circunda.
Ya en la época del inicio de la filosofía moderna, su más digno representante, René Descartes, afirma que, puesto la capacidad de pensar y de razonar es señal inequívoca de que existe el alma y, que puesto que los animales no posen dichas facultades, son seres inanimados, es decir, sin alma. Descartes va aún más allá negando que los animales puedan de hecho sentir, mucho menos hacer uso de la inteligencia. Por lo tanto, es erróneo suponer que podamos razonar con ellos o compadecerlos. Sin embargo, Descartes no justificaba la crueldad hacia los animales, como tampoco lo hizo Kant. Pero no lo justifican sólo en la medida en que dicha crueldad pueda trasladarse al terreno de las relaciones con el resto de los seres humanos. Es decir, no debemos fomentar actos de crueldad ya que éstos podrían influir en nuestros sentimientos o nuestros pensamientos y después podrían repercutir en la forma en que tratamos a nuestros “semejantes”.
Sin embargo, pasa algo distinto con Oriente. La tradición Oriental en especial el hinduismo, ponen mucho énfasis en el respeto hacia la naturaleza no por que ello implique un beneficio o una utilidad para nosotros, sino porque los seres vivos son una extensión de Brahaman, o Dios y porque consideran al universo como un “todo” indisoluble. Además, su creencia en la reencarnación en forma de cualquier criatura, los previene de inflingirles dolor o crueldad.
Pero no sólo la tradición oriental hace justicia al hecho de preservar la naturaleza. Si bien es cierto que el Antiguo Testamento proclama la superioridad del hombre respecto del resto de la creación, también la pone en tela de juicio cuando, en el libro de Job, Yahvé le responde a éste cuando le pregunta por qué le inflinge tanto dolor: “Dios hace que llueva en la tierra donde no hay ningún hombre, en el desierto donde no hay ningún hombre, para satisfacer a los terrenos baldíos y desolados y para hacer brotar la hierba tierna.”1
Tal vez sea el judaísmo, a través de su tradición rabínica, primero y cabalística más tarde, la única doctrina que incluye un concepto de respeto hacia la naturaleza como algo valioso en sí mismo y no por el valor o la utilidad que represente para nosotros, los humanos. La frase hebrea Tikkun Olan, significa “reparar el mundo” o “sanar el mundo”, y se refiere no sólo a sanar nuestras relaciones con otras personas para evadir el caos, la guerra o la discordia, sino a reparar el daño causado a la naturaleza por nuestra culpa. Porque si bien Yahvé nos dio señorío sobre ella, fue justamente para protegerla, ya que el resto de sus criaturas dependen de nosotros, puesto que ellas no fueron creadas a su imagen y semejanza.
Ya en la época moderna, la visión antropocéntrica de la naturaleza se acentuó, puesto que la ciencia y la técnica contribuyeron a tal efecto. Filósofos como Marx y antes de él, Hegel afirmaban que había que había que “humanizar” a la naturaleza, domesticarla, hacerla “útil”. Afirmaban que la naturaleza sin el hombre no tenía ningún valor, puesto que había que convertirla en herramienta para lograr nuestros propósitos de desarrollo. ¿Y cómo sino a través de la ciencia y la técnica es que se puede transformar la naturaleza?
De esta última afirmación, aunada a la interpretación errónea que hemos hecho del señorío bíblico antes mencionado y al menosprecio medieval hacia las cosas “de este mundo”, se desprende tal vez, nuestra idea de la naturaleza.
Dado que nuestra relación con la naturaleza es, por decirlo de algún modo, indirecta, puesto que la hemos transformado en cosas “útiles” a través de la ciencia y la tecnología, no le concedemos un valor intrínseco.
Somos seres humanos y, como tales, es la dimensión humana la que delimita nuestra concepción del mundo en el que vivimos. Nuestros principios morales, nuestros valores, nuestra ética, están irremediablemente inmersos en esta dimensión. Y aquí, por supuesto, entra nuestra “ética ecológica”, por utilizar un término en boga.
Ecología, según la definición más socorrida, es la ciencia que estudia la relación de los seres vivos entre sí y con su entorno, Últimamente, sin embargo, su acepción es la de la defensa y protección el medio ambiente. La palabra ‘ecología’ se comenzó a emplear apenas hace un par de décadas. Antes, a los niños se les hacía plantar árboles en los jardines de sus escuelas una vez por año para mostrarles el valor de cuidar la naturaleza ya que ésta nos proporcionaba lo necesario para vivir. Igualmente se nos decía (por lo menos a algunos de nosotros) que no maltratásemos a los perros ya que ellos cuidaban la casa y ahuyentaban a los ladrones y el argumento era que a nosotros no nos gustaría ser tratados igual. De todos modos, no teníamos lo que se dice una verdadera conciencia ecológica, sino más bien cierta noción respecto del valor de cuidar respetar plantas y animales por lo que éstos, a su vez, tenían de valioso para nosotros.
Sea como fuere, el hecho es que la naturaleza nos sigue resultando algo “extraño”, algo fuera de nosotros y hemos querido adaptarla, darle forma, de manera que nos resulte más familiar. Y qué mejor forma de hacerla asequible, que transformándola para nuestro propio bienestar y convirtiéndola en algo más “práctico”, menos etéreo, menos metafísico.
Sin embargo, en su afán por transformar la naturaleza en algo útil, el hombre ha llegado a grados de devastación y de extinción insospechados. En nuestro afán de modernización y desarrollo, hemos inflingido tanto daño a los ecosistemas, a la biósfera y al planeta en general, cobijados bajo el manto de la superioridad animal, de la filosofía utilitarista, y de la cosmología griega y la teología cristiana.
John Passmore, el filósofo ambientalista australiano, en su famoso libro de 1974 Men’s Responsibility to Nature, dice que es urgente que cambiemos nuestra actitud hacia el medio ambiente y que debemos tomar conciencia del daño a la biósfera, asumir nuestra responsabilidad y tomar medidas urgentes para detenerlo. Sin embargo, es considerado un asiduo defensor de la visión antropocéntrica en el sentido que afirma que sólo el hombre es capaz de cuestionarse los problemas que afectan a la naturaleza y actuar en consecuencia.
Yo concuerdo con él. Y retomando la introducción a este trabajo, me gustaría concluirlo diciendo que, si bien es cierto que el hombre es un “depredador” natural, también lo es que sólo él, a diferencia del resto de los animales, posee una “conciencia” respecto de los daños por él ocasionados a la naturaleza. Sólo el hombre es capaz de plantearse cuál es su papel dentro de ella y sólo él puede asumir una postura ética frente a ella. Sólo él es capaz de llegar a asumir a la naturaleza como algo independiente de nosotros, algo que sigue su propio curso y obedece a sus propias leyes.
Además, es el hombre y sólo él quien puede contemplar los colores del ocaso y sentir fascinación ante el espectáculo. Sólo él puede disfrutar la frescura de la sombra de un árbol en verano y manifestarlo. Sólo el puede experimentar placer y expresarlo al sentir la brisa del mar en su rostro. Sólo él puede intentar reproducir a través del arte toda esa belleza para hacerla un poco más “humana”, y menos “etérea”. Sólo él es capaz de admirar la naturaleza en toda su magnificencia y conmoverse al punto del llanto y eso, es lo más parecido a una experiencia mística y las experiencias así, sólo son posibles en los hombres.
Teresa de Jesús Padrón Benavides
Bibliografía:
Margarita M. Valdés, (compiladora), Naturaleza y Valor, una aproximación a la ética ambiental, México, FCE, UNAM, 2004.
Alejandro Herrera Ibáñez, “ética y ecología”, en Luis Villoro, (coordinador), Los linderos de la ética, México, UNAM, Siglo XXI editores, 2000.
John Passmore, Man’s Reponsibility to Nature, Londres, Cambridge University Press, 1974.
1 Job, cap. 38, primer discurso de Yahvé, Biblia de Jerusalén, Ed. Porrúa, colección, “sepan cuantos…”, México, pp. 900-901.


Saul Rodriguez says:
Septiembre 10th, 2009
20:42
… Si bien es cierto que desde que el hombre tiene uso de razón ha querido modificar la naturaleza a su placer y conveniencia, también es cierto que desde que aparece el capitalismo en el siglo XVI, parece haber perdido conciencia hacia el daño irreparable que genera a la naturaleza y, por ende, a si mismo y sin darse cuenta, o quizá si se de cuenta, pero no quiere verlo y mucho menos aceptarlo …
… Cada religión ve a la naturaleza de una manera distinta y, por lo mismo, le da un valor y un significado distinto (al fin y al cabo todas enfocadas en un mismo propósito), pero de que nos sirve saber tanto si no ponemos en practica todo aquello que sabemos …
… Actualmente el hombre trata, por así decirlo, de no dañar el planeta mas de lo que esta y busca, tal pareciera desesperadamente, encontrar una solución para avanzar sin matar más el planeta …
… Estoy de acuerdo con John Passmore, pero a la vez comparto la idea de Charles Darwin y su teoría de la evolución, por que el hombre, en si, lo único que busca es evolucionar para su bien propio sin importar el precio …
… Hacen falta menos palabras y mas acciones … Menos discursos y mas conciencias … Menos egoísmo y mucho mas, pero mucho mas Sentimiento por la madre naturaleza …
… “Dios perdona, la naturaleza NO” …
Rocío says:
Octubre 7th, 2009
4:39
Tere, te felicito por la manera y facilidad que tienes para desarrollar tus publicaciones. Saludos fraternos.
Edgar says:
Octubre 15th, 2009
22:42
hola tere bueno perdon por no haber entrado antes pero es que no recordaba la pagina, en fin tiene mucho tacto para tocar este tema me encanto leer este articulo espero que siga con laspublicaciones interesantes
saludos
Lisa says:
Octubre 21st, 2009
11:52
Unfortunately, only man experiences selfishness and nature pays the price. Good job Tere! Me gusto mucho tu articulo. Besos de tu sobrina y familia!