Buscando una Tecnocracia Cultural no Orwelliana

Martes, Febrero 16th, 2010

Escrito para el panel sobre cine y derechos humanos llevado a cabo en el marco del 15 aniversario del Video Club Nuevo Siglo

Auditorio de Casa de la Cultura de Cajeme
15 de Febrero, 2010

En 1944 se acuñó el término industria cultural en el trabajo de unos teóricos alemanes que aseguraban que la cultura, en poder de unos cuantos, terminaría por perder todo sentido social. Hoy, el término es usado con orgullo, y el método ha sido tan efectivo, que la mayoría de los consumidores ni siquiera se dan cuenta del tamaño desfavor que se les hace.

Diez y siete años antes, Fritz Lang nos había dado Metrópolis (supongo que no hay razón para explicar su relevancia con el tema). 66 años después, James Cameron nos mete Avatar por los ojos, pero como veterano de la industria del entretenimiento, lo disfraza de evento cultural revolucionario y en realidad, nos lo ha metido por otra parte.

Ni que decir del logro monumental de ambos directores; pero donde Lang descubría la humanidad en medio de los engranes, Cameron falsifica el espíritu y pretende hacernos creer que tiene corazón. La industria de estos filmes no podía ser mas disimil, aunque a fin de cuentas ambos hombres estuvieran seducidos por los alcances del medio mas que por su potencial contenido.

Con esto no quiero decir que sea un purista que quiere que todo se haga al estilo Dogma, no me molesta confesar que me fascina la tecnología 3d y agarro a mi hija de pretexto para ver toda película animada que llega a la sala digital. Mis problemas con Avatar tienen mas que ver con su manipulada narrativa sentimentaloide, el hecho de que su contenido de reflexión existe porque tiene una utilidad, un fin económico. Está diseñada para la aparente catarsis. Pero Cameron, con todos sus años de autor, se ha desconectado del mundo y ha fallado. No somos la misma audiencia ni es el mismo mundo. Se puede ver el remedo, la costura, porque la historia ha sido contada con mas sinceridad cientos de veces y ya no estamos para fábulas heróicas tan predecibles. Avatar es el ejemplo mas cercano que tenemos de como un tema tan doloroso como la destrucción de una cultura y su habitat en beneficio de intereses económicos particulares puede ser al mismo tiempo muestra y sintoma inequívoco de los peores males que nos aquejan como productores y consumidores de cultura.

Lo que por principio debería ser un medio para la comunicación, intercambio de ideas y plataforma para la sana crítica, es hoy, tristemente, uno de los factores primordiales en la creciente desensibilización de una sociedad otrora dispuesta al debate y a la acción. Somos espectadores. Sentados en nuestra butaca vemos un mundo irreal que resulta mucho más atractivo que nuestro entorno inmediato y nuestra situación nacional.

No nos dejemos llevar por los gustos individuales. Hay que enfrentarnos. La escasa producción artística de contenido no compite con las superproducciones hollywoodenses ni con la aplastante oferta de productos desechables. La industria ha desplazado al artesano, le ha dado su lugar a la maquiladora y nadie parece estar sufriendo.

“Parece” es la palabra clave.

Detrás de esta complacencia se encuentran como terceros afectados los que ven en los medios la oportunidad de llegar con su mensaje o visión del mundo hacia los potenciales pares que harían eco en su crítica o serían capaces de refutarla. Pero generar cultura es dificil porque el término se ha vuelto convenientemente simple. Le llamamos cultura a todo lo que tenga que tenga caracter común, aunque se trate de un producto diseñado para el consumo. En la industria del entretenimiento, el único valor perseguido es el económico. Los creadores se enfrentan a la disyuntiva de crear para subsistir en lugar de existir para crear. Llegar a un público masivo es casi imposible si no hay grandes ganancias de por medio. Todo lo que alcanza grandes públicos generalmente es formulaico. Rodrigo García, creador madrileño muy a su pesar, lo pondría de manera menos gentil. En 1996, parte de su segundo manifiesto decía: Tu vas a crear lo que ellos van a pagar y te parecerá correcto; el deseo de bienestar nunca incidió de manera tan salvaje en la creación; rentabilizar -en eso están de acuerdo gobierno y oposición- significa educar rapidamente; la educación que mas rapidamente se asimila es vana y primitiva y de ello siempre hay alguien que saca provecho. Por eso te sabes las canciones de memoria, pendejo.

Paradójicamente, incluso la producción de contenido profundo puede verse arrastrada al servicio de la industria. ¿Recuerdan al Padre Amaro? Un claro ejemplo de una película de contenido social que fue distribuida de forma masiva porque el escándalo aseguraba ganancias.

Pero la audiencia ya está vacunada contra lo subversivo. Hemos aprendido a sufrir por espacio de dos horas y a olvidarlo todo al cabo de unos días. Nada nos mueve a la acción. La industria del entretenimiento ha convertido el mensaje en un placebo. La catarsis se ha convertido en una droga recreacional. Necesitamos asistir y ver para sentir, pero no queremos que ese sentir permanezca.

“Hoy tengo ganas de ver algo serio” decimos llenos de orgullo antes de ver la cartelera, mientras otro día diremos “Hoy no tengo ganas de pensar”.

Hablo de cine porque es nuestro tema, pero esto aplica por igual al teatro, mi mas usada trinchera, y se manifiesta de manera distinta en otros medios. Quizá ya solo la prensa electrónica provoca participación. El anonimato de internet nos anima a dejar comentarios y a entablar discusiones apasionadas con otros a quienes tenemos la seguridad que tendremos poca o nula posibilidad de encarar. El resto es parte de lo efímero. Usamos el canto de protesta como quien dá una limosna ocasional. La televsión nacional es… es un tema aparte.

El cine/documento, la última trinchera del cineasta con conciencia, vive una época extraña. No debemos perder de vista que ha sido gracias a figuras como el estridente, aunque indudablemente divertdo, Michel Moore, el documental ha ganado terreno en las salas de cine. Sin embargo, tampoco debemos cerrar los ojos. También lo vemos como entretenimiento. Es su valor estético y su factor diversión lo que nos lleva a las salas a ver, casi siempre, asuntos de interes ajeno. Gracias al cine y la televisión, parece ser, conocemos mas sobre la cultura y la sociedad norteamericana que sobre la nuestra. ¿Necesitamos un Miguel Morales que haga documentales divertidos sobre Acteal para que esto se discuta? Todo depende, dirán los distribuidores, ¿cuanta gente va a ir a verla? No nos importa, dirían los dueños de las salas, ¿cuantos dulces vamos a vender?

Mientras sean los consorcios y los empresarios los que determinen que se hace y que se distribuye, que se produce y que se ve, será como si nos aplicaran un Ludovico colectivo, uno donde levantarse y cerrar los ojos es opcional, pues no hay escape. Y tampoco hay Mesías robótico ni soldado gringo atormentado que se convierta en nuestro renuente lider.

Lo que hay es algo de tiempo, tecnología suficiente para cualquiera y medios accesibles. Lo que hay es la posibilidad de empezar y las herramientas para crecer. Los recintos culturales y la red son los medios de distribución a perseguir y las minorías el público idoneo para que la creación tenga consecuencias. Alejandro Jodorowsky envisionaba durante los 70’s en su Antología Pánica, un teatro nacional reducido a un público de iniciados, en el que asistir no tendría costo y el contenido sería siempre original, creado por el grupo y olvidando los clásicos que poco tienen que ver con la realidad. Abogaba por un alejamiento de la filosofía de la industria y se regresara al tiempo de los artesanos que laboraban solo para quienes estaban a su alrededor. Para sus pares. Esta visión del futuro del teatro podría aplicarse también al futuro (y algunos dirían que al presente) del cine de contenido. Los objetivos son subjetivos. Las salas de cine parecen ser, por el momento, el lugar equivocado para ejercitar nuestra independencia y dialogar sobre ella.

He dedicado mi intervención a hablar sobre el cine sin mencionar las palabras que le dan título a la ponencia porque creo que estamos en sintonía. He hablado de conciencia social porque ese es el deber del artista y del comunicador.

O diganme ustedes, ¿no es deber de quienes tienen los foros públicos trabajar para el mejoramiento de esta sociedad tan lastimada?

No recuerdo al autor de este comentario pero la frase me parece mas valida hoy que nunca:
Aquel artista que diga que su trabajo es hacer que la gente se olvide de sus problemas es un anormal.

Tags:

Leave a comment

Nuestro último artículo

Mensaje del Día Mundial del Teatro

Por Luis Enrique Gutierrez Ortiz Monasterio
Por qué hacemos teatro. Por qué hoy, 27 de marzo de 2010, todavía existe el teatro. El teatro es un accidente. Un bello accidente. Ni siquiera debería existir. Si lo pensamos bien, siempre ha sido, más que una institución, el tránsito hacia la formación de otras instituciones. En la escena [...]

Patrocinadores

Ad Square Ad Square

Solo estoy buscando…